La tecnología, no las redes: el nuevo culpable de la salud mental
La obsesión por la pantalla y la deshumanización de la comunicación digital podrían ser los verdaderos motores del creciente problema de salud mental, según una creciente ola de expertos.

Un cambio silencioso en la forma de conectar
La opinión de la especialista en salud mental, Devi Sridhar, se alinea con la de muchos: no se trata de demonizar TikTok o Instagram, sino de reconocer un cambio fundamental en la manera en que interactuamos. La Tecnología, que prometía unirnos, podría estar erosionando nuestras habilidades sociales y, paradójicamente, generando estrés y malentendidos.
Sridhar argumenta que nuestro cerebro está programado para la comunicación cara a cara, un proceso que involucra sutiles señales no verbales – el tono de voz, el lenguaje corporal, el contexto – que se pierden en la fría distancia de un mensaje de texto o un correo electrónico. El hecho de que podamos estar “siempre disponibles” gracias a estos canales, lejos de ser una ventaja, se traduce en una presión constante y un borrado de los límites entre trabajo y vida personal.
“No es algo que se pueda cambiar de la noche a la mañana”, explica Sridhar. “Son años de evolución, de adaptarnos a la importancia de la interacción humana. Recuerdo cuando solía cargar mi móvil cada noche… un hábito que, como el 90% del mundo, dejé de lado y descubrí que era un grave error.”
Pero la amenaza va más allá de la simple falta de contacto. El flujo incesante de información, la necesidad de responder a cada notificación, la sensación de estar constantemente pendiente de lo que pasa online… todo esto alimenta un ciclo de estrés que, a menudo, no reconocemos. La comunicación digital, lejos de facilitar la vida, puede estar complicándola.
La creciente preocupación entre los jóvenes, que incluso recurren a dispositivos antiguos sin conexión a internet, es una señal inequívoca de que algo está fallando. La pregunta no es si la Tecnología es inherentemente mala, sino cómo la estamos utilizando y cuáles son las consecuencias de priorizar la conectividad virtual sobre la conexión humana real. Y esa, a juzgar por la opinión de Devi Sridhar, es una cuestión que exige una reflexión urgente.
