La música se echa a quemas: la ia domina internet y el interés del público se desvanece
La inteligencia artificial está transformando la música a un ritmo vertiginoso, y no de la manera que se esperaba. Un reciente estudio de Deezer revela un dato escalofriante: casi el 44% de las canciones que llegan a internet han sido creadas con algoritmos, una cifra que se traduce en unos 75.000 temas generados por IA al día.
Un festín de música sintética, un vacio de interés
Pero la paradoja es brutal. A pesar de esta explosión de contenido generado por IA, la reacción del público es escasa. Los usuarios, según Deezer, solo prestan atención a estas composiciones en un 1% y un 3% de su tiempo auditivo. Es como si la abundancia, en lugar de enriquecer, ahogara el gusto. Un auténtico diluvio informativo que amenaza con desdibujar la línea entre lo real y lo artificial.
El problema no reside solo en la falta de interés, sino también en la práctica habitual: muchos de estos temas son, en realidad, fraudes, creados con el único propósito de inflar reproducciones y generar ingresos a través de bots. Una carrera al abismo donde la legalidad se diluye en un mar de algoritmos.

Deezer lucha contra la invasión, pero ¿es un juego perdido?
La plataforma de streaming propone medidas urgentes: etiquetar la música generada por IA, dificultar su recomendación y, lo más importante, desarrollar herramientas de detección más precisas. Pero, como bien señala Deezer, es una batalla cuesta arriba. La IA, imparable, sigue multiplicándose, y cada nueva composición se suma a la saturación. La batalla por la autenticidad en la música se convierte en una guerra de desgaste.
Otros estudios confirman esta tendencia: la mitad de todas las publicaciones en internet – textos, imágenes, vídeos – ya están siendo producidas por inteligencia artificial. La música, aparentemente, se prepara para seguir el mismo camino. Una consecuencia inevitable, quizás, de la lógica implacable de la tecnología. El sonido de la desconfianza se hace oír.
La solución, según Deezer, no es sofocar la innovación, sino canalizarla. Pero, ¿cómo distinguir el talento humano del simulacro algorítmico? La respuesta, por ahora, sigue siendo esquiva. Y mientras tanto, la IA sigue sumando, implacable, en un paisaje sonoro cada vez más confuso y, quizás, vacío.
